La noche del sábado se vistió de espiritualidad en el corazón de la "Madre de Ciudades". La Vigilia Pascual, centro de la liturgia católica, fue el escenario donde el Cardenal Vicente Bokalic desglosó un mensaje cargado de simbolismo, centrado en la transición de la oscuridad a la luz. Ante una feligresía atenta, el obispo recordó que la fe no es un estado estático, sino un proceso de "hacer memoria" para no sucumbir ante el desánimo.
El paso de la desilusión a la fidelidad divina
Durante su homilía, el Cardenal recreó el clima de incertidumbre que vivieron los primeros seguidores de Cristo. "Sus discípulos se dispersaron. Ese pueblo que lo había aclamado también gritó 'crucifíquenlo'", rememoró, describiendo cómo la muerte en la cruz parecía marcar un final definitivo y desesperanzador. Sin embargo, Bokalic subrayó que la fidelidad de Dios rompe cualquier lógica humana: "Jesús lo había anunciado: iba a sufrir, iba a morir, pero también iba a resucitar".
Para el Cardenal, el gran desafío contemporáneo es no quedar "atrapado en la cruz". Sostuvo que recuperar la memoria de las intervenciones divinas en la historia es la única herramienta válida para reconstruir la esperanza en tiempos de crisis.
Libertad real frente a las "ataduras internas"
Uno de los ejes más disruptivos de su discurso fue la definición de la verdadera libertad. Bokalic fue tajante al afirmar que ser libre no consiste en seguir impulsos individuales, sino en lograr una emancipación espiritual.
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Liberación del egoísmo: Romper el aislamiento para mirar al prójimo.
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Superación del miedo: Actuar con la valentía de las mujeres que fueron las primeras testigos de la tumba vacía.
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Muerte a la indiferencia: Entender que sin empatía no existe el renacimiento cristiano.
"Dios quiere que seamos libres en serio", enfatizó, vinculando esa libertad con la capacidad de morir a las propias pasiones y ambiciones que nublan la justicia y la fraternidad.
Un llamado a ser testigos en lo cotidiano
Hacia el final de la celebración, el Cardenal Primado dejó una sentencia que resonó en cada rincón del templo: "Para resucitar, primero hay que morir". Explicó que si no existe una renuncia real al odio y al individualismo, la "vida nueva" es solo una expresión de deseo sin sustento.
La ceremonia concluyó con un renovado compromiso de fe, instando a los santiagueños a ser testigos activos del mensaje de Jesús a través de gestos concretos de solidaridad. "Jesús ha resucitado, y nosotros también estamos llamados a resucitar con Él", sentenció, cerrando una de las noches más significativas para la Iglesia local en este 2026.